Alquería del Pi

Situada en los límites mismos de la ciudad, en el camino viejo de Godella, pero aislada todavía de la urbe por la huerta, aparece arropada por un abundante arbolado del que emerge. Es el edificio principal de un pequeño núcleo rural, agrupado en torno a la ermita de Santa Ana y llamado de está manera, si bien se la conoce igualmente como “Alqueria Nova o de San José.” Representando a este último veremos un retablo sobre la puerta principal, réplica exacta del primitivo, destruido en los azarosos días de la guerra civil.

Atrás quedaron los tiempos cuando llegar hasta ella se convertía en un placentero paseo por la huerta, en medio de un paisaje despejado, verde, plano, que se extendía por todas partes. Tan plano y despejado que, desde lo alto de la torre miramar, se divisaba con facilidad el azul del Mediteráneo,tantas veces pintado por Sorolla. Pero aún hoy en su frondoso jardín es posible escuchar el canto de los pájaros, o el chasquido del agua en la fuente, con el fondo insistente de las chicharras.

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La alquería, con aires de las casas señoriales florentinas cuyas líneas recuerdan a Paladio, fue construida el año 1836, pero sobre el solar hubo antes otra, árabe, cuyos terrenos pasaron a la Colegiata de Puebla de Valverde (Teruel) a finales del siglo XVIII, siendo posteriormente adquiridos por la familia de los actuales propietarios. Es el centro de una finca rodeada de extensa huerta, que en los orígenes tuvo una balsa de curar cáñamo.

La elegancia de su imagen con la torre naciendo en medio de la cubierta -- infrecuente por otro ladoen este tipo de edificios -- y la propia distribución interior, evidencian el marcado carácter residencial del edificio. No obstante tiene una zona de servicios hoy habitada por los caseros, formada por establos, cuadras, patios, graneros, un pozo, la andana y el palomar. Antaño hubo además una bodega con tinajas, pellejos y toneles.

A su alrededor se extiende un amplío jardín -- 6.000 metros cuadrados – donde hubo una gran pérgola de la cual aún existe unanotable sección, ycuyo desnudo esqueleto se vestía con flores y plantas ornamentales.

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Pertenece al núcleo rural estructurado en torno a la Ermita de Santa Ana, antaño escenario de concurridas romerías donde no faltaban personajes tan significados en este lado de la huerta como el “tío Lázaro”, “el Porrut”, “el Moreno” y “la tía Andreueta”. Con el fondo del tabalet y la dolçaina -- imprescindibles en este tipo de acontecimientos festivos -- las buenas gentes de la huerta celebraban una particular fiesta,donde no podían faltar tampoco los sermones de Don Pelegrí, cuya oratoria podía estar muy en línea con los famosos sermones del Padre Serred, quien decía aquello de “Tabernacula tua Dómine....” y se entretenía luego en explicar el verdadero significado de tal invocación, que nada tenía que ver con las tabernas, insistía.

Iniciaría el devenir histórico-familiar del edificio, Doña Rosa Castillo quien la deja, al fallecer, a su hija Doña Rosa Puig Castillo, casada con Don José Fayos Iranzo, Notario, quien sería uno de los fundadores de la Caja de Ahorros de Valencia. Pasa luego la propiedad a la hija de ambos, Doña Rosa Fayos Puig, casada con Don José Giménez Casanoves, de cuyo matrimonio hubo cuatro hijos, Amparo, José Mª., Luis y Rafael. Don José, hombre inquieto y emprendedor tuvo uno de los primeros laboratorios fotográficosparticulares de la época instalado precisamente en la “cambra”.

Como de costumbre este espacio situado en la última planta era el lugar habitual para, por ejemplo, secar las hojas del tabaco o criar el gusano de seda. Aquí lo hubo, pero más para distracción que como negocio. Y en él desarrollaba sus aficiones Don José quien disponía en este lugar de una biblioteca, un gimnasio, llegando incluso a instalar untaller de ebanistería, otra de sus aficiones. En la torre miramar existió un pequeño observatorio, pero desde ella y sin necesidad de catalejo se ve todavía el Monasterio de San Miguel de los Reyes,y antaño hasta la playa de Alboraya.

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Cuando la propiedad es ya de Don José Mª. Giménez Fayos, la alquería se convierte con frecuencia en escenario de amenas tertulias a las que concurrían el Marqués de Lozoya, Manuel González Martí, Federico García Sanchíz, el Padre Fullana, Ferrandis Luna y los insignes pintores Salvador Tuset, y Federico Badenes. Ambos reflejaron en sendos lienzos una singular vista del edificio y su entorno. La firma de todos ellos figura hoy en día en el Libro de invitados, dondeconsta de la misma manera el testimonio de cuantos han pasado por la ella hasta la fecha.

Don José Mª fue persona de amplia cultura y profundas convicciones. Historiador y Publicista, Doctor en Ciencias Exactas por la Universidad de Madrid y Licenciado en Historias por la de Valencia; profesor de la Facultad de Ciencias y de la Escuela de Artes y Oficios, pero sobre todo y ante todo defensor a ultranza de nuestra indiscutible identidad y cultura valenciana, lo que le llevó a formar parte de la comisión que en 1931 redacta el anteproyecto de “Estatut Valenciá”, importante documento que marcará referencias en el futuro actual. Fue también Presidente de Lo Rat Penat en 1941, algunas de cuyas reuniones tuvieron como escenario la propia alquería.

Fundó y dirigió las revistas “Esto Vir” y “Cultura Valenciana”, gracias a lo cual creó el año 1928 con el Marqués de Lozoya, la cátedra Luis Vives en la Universidad de Valencia. Delegado del Patrimonio Artístico Nacional en la Región y Vice-Presidente de la Academia de Historia. Autor de numerosos artículos en periódicos y revistas, tales como “El Santo Grial” (1942), “Aportaciones a la historia regnícola” (1944) o “La ciudad de Valencia en tiempos de San Vicente Ferrer” (1953).

Por toda esa intensa actividad, el Ayuntamiento de Valencia ha rotulado con su nombre una amplia avenida en la zona que desemboca, precisamente, en la rotonda desde la cual puede verse el edificio de la alquería. Pasado y presente quedan así, para siempre, frente a frente. Lo que un día el tiempo separó, el tiempo ha vuelto a unir.

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La sensibilidad mostrada por don José Mª. por todo cuanto formaba parte de la personalidad valenciana-- ya lo hemos dicho – la heredarían sus sucesores. Primero su hija, doña Mª. Amparo Giménez Borja, quien casó con don Antonio Monzó Soler, Magistrado,penúltima propietaria,que dedicó con verdadera pasión todo su esfuerzo restaurador y conservador. A ella se debe, entre otras intervenciones, la restauración de las pinturas al fresco que cubren paredes y techos de un salón en la planta principal, frescos de la escuela del pintor Francesc Plá, llamado “El Vigata” (Vich 1743-1805), con varias obras en el Museo Nacional de Cataluña.

La vida de estos seculares edificios está siempre ligada a la de las propias personas que los habitan y se interesanpor su integridad, conscientes de ser, nosolo escenario permanente de vivencias familiares, sino también elementos fundamentales de nuestro patrimonio rural. Los herederos de Doña Mª. Amparo, actuales propietarios, tienen bien aprendido todo ello – lo hicieron de su madre— y perfectamente asumido el deber de transmitir a la siguiente generación, que ya la disfruta, la sensibilidad necesaria para que siga constituyendouna genuina estampa de la huerta valenciana.

Ahora el edificio ha comenzado una nueva etapa con el proceso de restauración de su fachada que ha recuperado el color original. Y ha iniciado igualmente una nueva actividad, perfectamente compatible con la habitual. Es ahora, de la misma manera, un lugar privilegiado para actos culturales y sociales, dotado para ello de los elementos técnicos y funcionales que le permiten desarrollar cumplidamente este nuevo cometido. Instalaciones adecuadas para la celebración de convenciones, reuniones de trabajo, eventos sociales y familiares donde la más cuidada gastronomía adquiere un singular protagonismo. Y todo ello en un escenario y con la ambientación exclusiva que aún ofrece aquí la huerta valenciana.
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